Miguel Ángel Yunes Linares (2)

Por: Sergio González Levet

El político, el funcionario, el hombre público… desde la distancia que impone el puesto podemos ver al gobernador Miguel Ángel Yunes Linares como un hombre serio, explosivo, adusto, contestatario, bien presentado, persistente.
Sus compañeros de generación y el cuadro de honor de la Facultad de Leyes de la UV lo reconocen como una persona muy inteligente -algunos amigos y enemigos cercanos dicen que el que más-, con una mente intuitiva y provocadora.
Es por tanto un buen conocedor del Derecho y dicen también que hubiera sido un Ignacio Burgoa Orihuela, un Diego Fernández de Cevallos (el abogado) si hubiera enrumbado por el ejercicio de su profesión.
Pero no… desde sus años mozos decidió dedicarse a la política y apenas salido de la Facultad, un joven lleno de sueños, recibió el espaldarazo que nunca niega y siempre agradece de don Rafael Hernández Ochoa, quien gobernó Veracruz de 1974 a 1980, y lo hizo Subdirector de Patrimonio y dirigente de la entonces poderosa CNOP estatal, base de su larga carrera.
Y sí, cultiva la amistad como un don preciado del hombre. Sabe ser un buen amigo y sabe ser un gran enemigo. Por eso permanece junto a él un grupo compacto de cercanos, colaboradores leales que lo han acompañado a lo largo de su historia de vida. Por eso, igualmente y a contrario sensu, mantiene enemigos a los que ha sido leal en su ira y en su lucha.
Quienes han trabajado y trabajan con él lo reconocen como un jefe duro y justo, estricto y razonable; como un superior que, es cierto, se deja llevar por la impronta de su personalidad, de pronto atrabiliaria, pero que sabe reconocer cuando ha sobredimensionado un error y ha exagerado en la respuesta.
Como político, tiene una virtud: es impetuoso; como político, tiene un defecto: es impetuoso. Este rasgo de su carácter le ha traído tanto victorias como fracasos (y le ha hecho saber que el triunfo y la derrota son unos advenedizos).
Sus hijos lo reconocen como un gran padre, y es palpable el amor que fluye entre el uno y los otros. Con el poeta Miguel Hernández, admite gozoso que sus vástagos son el porvenir de sus huesos y de su amor… y son su orgullo manifiesto: Miguel, el ímpetu que tanto lo iguala a él; Fernando, la inteligencia; Omar, la eficiencia. Representan su fuerza y su debilidad.
No es hombre de excesos. Sabe tomar una buena copa de vino, un buen licor. Come con la falta de frugalidad que le permite el régimen de ejercicio intenso que mantiene a pesar de su responsabilidad.
Miguel Ángel fomenta la imagen de un hombre fuerte -que lo es- y adusto, y sin embargo no puede ocultar su vena jarocha, que se traduce en un peculiar sentido del humor, en una inclinación natural hacia la broma que destensa, el chascarrillo que acerca, el ingenio que rompe el hielo en los momentos álgidos.
Como administrador público, mantiene un control estricto y exigente (he ahí otra virtud y defecto al mismo tiempo). Nada se puede hacer sin su aprobación, sin su conocimiento, sin su aquiescencia. Con esa táctica su mandato gana en eficacia, aunque pierde en versatilidad.
Con todo, el rasgo más persistente de su personalidad es su empecinamiento, su tenacidad, su obstinación. Como un cazador instintivo, pone la mira en su objetivo y no para hasta conseguir su fin. Por eso fue el mejor alumno, por eso ha sido un político exitoso.
Por eso, es Gobernador de Veracruz…
[Aclaración pertinente: éste no es un texto elogioso ni pretende serlo. No ando en busca de un convenio ni de un apoyo en lo oscuro y ni siquiera de un mensaje de agradecimiento. Es un ejercicio de reflexión sobre la figura pública del actual Gobernador de Veracruz, que consideré conveniente hacer. Y ya…].
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